El mito de Eco y Narciso

EL MITO DE ECO Y NARCISO
                        
La ninfa Eco estaba sentada al sol en una colina, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entrecerrados, gozaba de una fresca brisa y de los suaves rayos de sol que acariciaban su rostro. Sus rubios cabellos le caían por los hombros y ondeaban dulcemente al compás del viento.
Poco  a  poco, Eco  se  inclinó  hacia  adelante,  cogiéndose  las  rodillas entre las manos y mirando hacia los árboles de un bosquecillo cercano. Un poco más allá, en la ladera rocosa, había una bandada de abubillas. Con sus picos cortos y corvos estaban bus­cando hormigas en el terreno seco y arenoso. El marrón claro de sus plumas contrastaba vivamente con el verde de los árboles.
Cuando la ninfa se puso de pie, volaron para volver a posarse en otro sitio. Eco las siguió con la mirada y luego se adentró entre los árboles. Le pareció oír voces como si un hombre y una muchacha estuvieran hablando. Decidió echar un vistazo sin darse a conocer. Sospechaba de algún tipo de encuentro romántico y no podía resistir la curiosidad de averiguar quiénes eran los protagonistas.
Observó con precaución y pudo ver en un pequeño claro que senta­dos en la hierba, había una ninfa a la que conocía unida en abrazo amoroso a un apuesto galán, pero cuando se dio cuenta de que el hombre que la besaba era el todopoderoso Zeus, Eco empezó a retroceder llena de miedo. Temía la reacción del dueño del Olimpo si la sorprendía espiándolo, y sólo cuando estuvo a una distancia razonable se sintió aliviada.
Pero otra vez empezó a latirle con fuerza el corazón: una señora alta y hermosa se dirigía hacia ella. Eco la conocía: era la reina de los cielos, la esposa de Zeus. La expresión de su rostro no era precisamente de alegría.
—Dime, ninfa. ¿Has visto pasar a mi marido? Creo que tiene que estar por aquí y necesito  encontrarlo.
--¿Cómo podré responder si no sé quién es? —mintió Eco.
La ninfa temía verse envuelta en una de las terribles contiendas entre Zeus y Hera. Sus peleas eran famosas y la gente hacía lo posible por no entrometerse. Hera la miró fijamente, sospechando que no era tan inocente como parecía.
—Mi marido es Zeus, dijo secamente.
—He estado dando vueltas por el bosque y no me he encontrado con nadie, volvió a mentir.
Hera la miró con frialdad y se volvió por donde había venido. Al llegar al Olimpo, echó una mi­rada hacia abajo y vio a su marido y a la ninfa que paseaban por el bosque cogidos de la mano.
La expresión de su rostro cambió inmediata­mente. Estaba claro que Eco la había enga­ñado, y eso tenía que pagarlo caro. La condenó al silencio, de modo que cuando hablara con alguien no pudiera pronunciar más que las últimas palabras de las frases de los demás.
Pero los problemas de la inocente ninfa no habían hecho más que empezar, pues gracias a un bellísimo joven llamado Narciso, conoció la amargura de un amor no correspondido.
Narciso era un apuesto muchacho, hijo del río Cefino y de la ninfa Liríope y su apariencia era tal, que todas las muchachas que le veían caían locamente enamoradas de él.
Pero su alma no era tan bella como su rostro. Liriope, su madre, le había hecho creer que no había nadie mejor que él y que tuviera los suficientes méritos como para estar en su presencia.
Y Narciso se lo creyó, hasta el punto de volverse desdeñoso hacia todos los que le rodeaban. Creció solo en vanidad, sin saber añadir ninguna otra cualidad a su personalidad, salvo la de enamorar a toda muchacha que llegaba a contemplarle. Muy pronto todos sus amigos, no pudiendo sopor­tar su presunción, lo abandonaron. Narciso se quedó solo, aunque satisfecho con la compa­ñía de sí mismo.
Eco le vio un día y quedó completamente prendada de él. No se atrevía a hablarle, hasta que en una ocasión, armándose de valor, se le acercó ardiendo de amor y deseosa de comunicarse con él; pero el joven le indicó con señas que se alejara. Estaba imaginando que era un gran dios del Olimpo y no quería que nadie entretuviera sus ensoñaciones.
—Déjame solo, muchacha —le dijo con des­precio—. ¿No ves que me estorbas?
— ...me estorbas, orbas, orbas —repitió la pobre ninfa.
—¿Qué yo te estorbo? ¡Vamos, no digas tonterías!
— ...tonterías, ias, ias —continuó Eco.
—Eres una insolente. Si supieras quién soy, serías más amable. Ya va siendo hora de que las ninfas aprendáis a tenerme un poco de respeto.
---...más respeto, eto, eto —respondió la ninfa.
— Eso está mejor. Vosotras, las ninfas del bosque, no buscáis más que el amor.
— ...amor, amor, amor —asintió la muchacha.
—Justo lo que pensaba. Eres como todas. No me interesas. Ya no me queda más que decirte adiós
—concluyó Narciso, alejándose.
— ...adiós, adiós, adiós —contestó Eco.
Narciso atravesó por entre las espesuras de los árboles y se detuvo junto a una fuente que había en el claro. Las aguas de las lagunas cer­canas estaban claras, inmóviles, tersas como un espejo. Tenía sed y se inclinó para beber. Pero se quedó como aturdido cuando vio su imagen reflejada en el agua. Eso le hizo creer que había encontrado a la persona más bella que jamás hubiera podido imaginar.
Se quedó admirado, pero encantado a la vez. Luego empezó a hablar, pero aunque los labios de la imagen se movían no le llegaba ningún sonido. Se inclinó entonces para besar la figura, pero el agua, al moverse, termino con el encanto.
Narciso se quedó perplejo. Luego, cuando el líquido de la laguna recobró su inmovilidad, el rostro volvió a aparecer con nitidez en toda su belleza. El jo­ven se inclinó de nuevo para darle otro beso; lo intentó una y otra vez, pero inútilmente. La imagen desaparecía y parecía huir de él.
Como niño mimado que era no pudo soportar la frustración de no poseer al ser amado.
—Me has rechazado! —Gritó desesperado—. ¡No puedo vivir sin ti!
Y diciendo esto, tomó el puñal y hundió su afilada hoja en el corazón.
—Adiós, amor! —dijo y dejó caer su can­sada cabeza sobre la verde hierba, poco antes de expirar.
La muerte cerró unos ojos que creían admirar la hermosu­ra de su amado y que sin saberlo, lo único que amaban era a sí mismo.
—...amor, amor, amor —repitió la triste voz de Eco entre los árboles.
Le lloraron las náyades, sus hermanas, y le ofrecieron los cabe­llos que se habían cortado sobre su sepulcro. Lloraron también las dríades, y, entre todas ellas,  Eco fue la más herida por su muerte.
Disponían ya la hoguera, la leña hecha rajas y el féretro; pero en ninguna parte encontraron su cadáver y, en su lugar, hallaron una flor roja ceñida de unas hojas blancas.
Aunque vanidoso y egoísta, Narciso había sido un bello joven y los dioses se entristecieron ante el pensamiento de no verlo nunca más. Entonces convirtie­ron todas sus gotas de sangre en una flor y le perpetuaron en el imperecedero ciclo de la naturaleza.
            Desde entonces hay una flor que lleva el nombre del infortunado joven y crece a las orillas de las fuentes, como si quisiera rememorar el beso que nunca pudo ser dado.