Walt Whitman
“Me entrego, a mí mismo, al barro,
para brotar en la hierba que amo.”

“¡¡¡Vive!!!”
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”, dice el poeta. Valora la belleza de las cosas simples. Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno. Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.
Vívela intensamente, sin mediocridad. Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo. Aprende de quienes puedan enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron de nuestros “poetas muertos”, te ayudan a caminar por la vida. La sociedad de hoy somos nosotros… Los “poetas vivos”. No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.
Existo como soy, con eso basta, Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho.

Una hoja de hierba
“…El último celaje del día,
se detiene a esperar por mí…!

Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.
Descubro que en mí,
se incorporaron, el gneis y el carbón,
el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.
Que estoy estucado totalmente
con los cuadrúpedos y los pájaros,
que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos
y que puedo hacerlo volver atrás,
y hacia mí, cuando quiera.
Es vano acelerar la vergüenza,
es vano que las plutónicas rocas,
me envíen su calor al acercarme,
es vano que el mastodonte se retrase,
y se oculte detrás del polvo de sus huesos,
es vano que se alejen los objetos muchas leguas
y asuman formas multitudinales,
es vano que el océano esculpa calaveras
y se oculten en ellas los monstruos marinos,
es vano que el aguilucho
use de morada el cielo,
es vano que la serpiente se deslice
entre lianas y troncos,
es vano que el reno huya
refugiándose en lo recóndito del bosque,
es vano que las morsas se dirijan al norte
al Labrador.
Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido
en la fisura del peñasco.











“Hay algo en mí…”
Hay algo en mí; no sé lo que es, pero sé que está en mí.
Empapado y sudoroso, calmado y frío se pone mi cuerpo
luego; duermo, duermo largo y tendido.
No lo conozco carece de nombre, es una palabra no dicha,
no está en ningún diccionario, declaración, símbolo.
Algo gira sobre una cosa que es más que la tierra
sobre la que giro.
la creación es esa amiga suya cuyo abrazo me despierta.
Quizá podría decir más. ¡Esbozos! Abogo por mis hermanos
y hermanas.
No es el caos o la muerte. es forma, unión y designio;
es la vida eterna; es la Felicidad.

 “La extensión de mi cuerpo”
(Fragmento)
El pequeñín duerme en la cuna,
levanto la gasa y me quedo mirando un rato, y silenciosamente espanto las moscas con la mano.
El mozo y la chica colorada se desvían por la loma de arbustos,
yo los escudriño desde la cima.
El suicida se desparrama en el suelo ensangrentado de la alcoba, soy testigo del cadáver con su pelo salpicado, me fijo en donde cayó la pistola.
El parloteo del empedrado, las llantas de los carros, el cieno de las suelas,
lo que dicen los viandantes,
el pesado ómnibus, el conductor con su pulgar interrogante,
el ruido metálico de los caballos herrados sobre el suelo de granito,
los trineos, tintineantes, los chistes a gritos, las lanzadas bolas de nieve,
los vítores a los personajes populares, la furia de la turba enloquecida,
el faldón de la parihuela con cortinas, un enfermo en su interior que es llevado al hospital,
el choque de enemigos, la súbita blasfemia, los golpes y la caída,
la multitud nerviosa,
el policía con su estrella abriéndose pasó rápidamente hasta el medio de la multitud,
las piedras impasibles que reciben y devuelven tantísimos ecos,
qué gruñidos de saciados o medio muertos de hambre
que caen por la insolación o son víctimas de ataques,
qué exclamaciones de mujeres sorprendidas de repente y que corren a casa y dan luz a sus bebés,
qué hablar vivo y enterrado vibra siempre aquí,
qué aullidos que contiene el decoro,
arrestos de criminales, desaires, proposiciones de adulterio,
aceptaciones, rechazos con labios convexos,
les presto atención, o a su espectáculo, o a su resonancia…

Vengo y me marcho.
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